jueves, 2 de octubre de 2008

Narrador y punto de vista

Versión 1:
Noto una extraña sensación en ella. Un cúmulo de broncas, de destellos encontrados que explotan en su interior. Lo puedo ver, sentir. ¿Será que siente que todo lo que le tocó es malo, todo oscuro? La escucho con tonos pesados. La veo negro. La siento como una sombra pesada. Cuando habla con él, siento que ve todo terminar. Que nunca vio colores en su vida. Ella se encierra en su habitación y hablan durante horas por teléfono. Cuando ella cuenta sobre la conversación que mantuvieron, sólo menciona que él se pasa la charla hablando de que sus hijos son ángeles, que nunca vio gente tan brillante y tan sabia. Luego, la veo secarse, con poca vida. Permanece encerrada en su cuarto durante un rato largo después de finalizada la charla y apenas sale, veo su rostro desfigurarse, entristecerse. Él vive lejos hace más de 40 años, y en vez de mantener charlas telefónicas dulces, juegan a ver quién tiene lo mejor. Cada vez que corta el teléfono, parece envejecer 10 años. Se pone fea, sus arrugas se hacen punzantes y su cuerpo se transforma en un envase envejecido y con hongos. Los veo son verdes. Los tiene entre arruga y arruga. Se hacen de color verde fuerte y dejan un olor tan denso que invade su habitación. Después tarda un rato largo en poder salir entera de su cuarto. Lo logra. No sé cómo porque de a ratos, los hongos parecen tomarle todo el cuerpo. Parecen expandirse, ocuparle cada vez más porciones de éste y no dejarla respirar. Los veo crecer desde sus pies, hasta su cuello. Y justo ahí donde parecen ahogarla, logra sacarse las sensaciones oscuras de encima y se vuelve a incorporar. La veo que cierra la puerta con bronca detrás de ella y con la fuerza que la caracteriza, se reincorpora a su vida como si nada le hubiese llamado la atención, ni molestado.

Versión 2:
Nunca me gustó la gente que habla más de la cuenta y menos, cuando quieren mostrar todo lo maravilloso que tienen y más. Mucho más... Quizá hasta lo que no existe. Cuando hablo con él la paso mal. No disfruto de nuestras charlas. Y eso que no abundan. Él vive en Venezuela y las llamadas son caras. Pero tratamos de hablar de vez en cuando ¿Para qué? No lo sé. Pareciera que es un soñador y cuenta lo que sueña. No creo que tenga todo lo que dice. Ni dice todo lo que tiene. Seguro que no. Yo tengo muchas cosas buenas, pero siento olvidarlas. Él hace que las olvide. Él habla tanto de sus cosas maravillosas que yo me pongo verde. Intento terminar la comunicación antes de tiempo, pero él se ocupa de seguir ostentando sus maravillas, sus lujos... En esos momentos me olvido quién soy, quiénes son los míos y me siento sola. Chiquita. Indefensa y ennegrecida. Me pongo verde de bronca y comienza a faltarme el aire. Necesito cortar el auricular. Él parece disfrutar aunque no me viera. Siento que me ahogo, que dejo de respirar, pero recién ahí parece comenzar a hablar de los maravillosos hijos que tiene. Y me escucha jadear. Me pudro por dentro. Me cuesta horrores salir de mi habitación y volver a ser la misma que antes. Esa llamada me cambia. No me deja ser la que era unas horas antes. Después logro volver a mí, a los míos; a mi realidad.

Versión 3:
Se lo ve radiante como el sol. Sus colores bajan, se decaen cuando termina la conversación. Entonces aparece el agua, la desolación. De sus ojos caen gotas enormes cuando se despide de ella. Empapado enormemente recuerda en gris, o en blanco y negro. Se pone grisáceo, entristece cuando corta el teléfono. Mientras la conversación dura, él permanece joven, apuesto y erguido. Hace años vive lejos de ella, pero pasan horas al teléfono. Le cuenta de su vida, de sus chicos que pasean por el mundo capacitándose, aunque ya son grandes profesionales y personas. Y él lo sabe, lo disfruta. Sus brazos como rayos de sol abrazan la ropa, la cama y cada objeto que tiene a su alcance. Se estremece al hablarle, al escucharla feliz. Ella adora escuchar sobre sus sobrinos. Él la siente ansiosa y disfruta aún más. Ansiosa con ganas de escuchar más. Escuchar ansiosamente la hace disfrutar. Él la recuerda niña, ansiosa por jugar. La siente jadear. Jadea. Traga. Habla. Respira. Calla. Y vuelve a hablar. Cuando la conversación finaliza, él está con ganas de volver a empezar. Ella lo escucha con euforia quizá, con la alegría dibujada por las arrugas suaves. Arrugas pintadas en ese rostro que escucha con tanta ansiedad, que parece mirar.

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